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El legado 12ª parte

Para cuando se alejaron del valle y los incansables grimórlocks, el séquito estaba agotado. Pese a la evidente desconfianza de Adler, Tanik los guió por un camino seguro hasta distanciarse de sus perseguidores.
El truco de Shao con los caballos era simplemente increíble.
-Los hemos dejado atrás.- Tanik parecía muy satisfecho.
-Eso parece.- Contestó Adler de mal humor.
-Deberíamos descansar.- Hasta que Tanik no le demostrara lo contrario, Aasiyah confiaría en él, aunque no pensaba perderlo de vista.
-Los animales lo agradecerán.- Contestó Amaetu.
-Nosotros también. –Reconoció Urri.
-Acampemos ahí.- Adler señaló un pequeño claro cerca de un rio, bien pertrechado y fácil de defender.
-Dos voluntarios para cazar.- Aasiyah miró a Tanik.- Comes lo que cazas.
El silvano asintió con la cabeza antes empezar a andar tranquilamente hacia el norte. Parecía llevar muy bien su maldición. Físicamente, solo sus ojos revelaban su condena. Seguía siendo castaño y de altura media, algo más delgado de cómo lo recordaba.
-¿Quieres liberar del hechizo a los caballos?- Escuchó decir a Shao.
-Sí. Estoy acostumbrado a manejar el mal humor de Cuervo.- Adler palmeó al animal con cariño.
Con un gruñido Aasiyah fue hacia el claro. No quería presenciar más magia, ya había tenido suficiente por el día. Cada vez que la usaban cerca, sentía como su cuerpo se revelaba hasta que sus palmas ardían. No soportaba esa sensación.
Ese malestar físico en reacción a la magia era la causa por la que su abuela había insistido para que su padre la convirtiera en la mejor. La presionó para que fuera capaz de tolerarlo y seguir luchando. Su insistencia la había salvado del juego sucio del Archimago en el castillo.
Recogió leña suficiente por el camino mientras Storm olisqueaba el terreno sin perderla de vista. Juntó su hatillo de madera al de los caballeros y sacó la yesca. Ocultó una sonrisa cuando más de una mano acarició con cierto recelo la cabeza de Storm, que estaba en el cielo de los Qqattars.
-¿Cómo es posible que domestiquéis a éstas bestias?- Preguntó Amaetu cuando el Qqattar se sentó a sus pies a la espera de una palmada.
-Eso nos preguntan el resto de Yeberanos.- Urri le guiñó el ojo.- Nuestro clan es el único.
-Somos los únicos que nos atrevemos a robarlos.- Shao rió entre dientes.- Sólo uno por camada y pareja. Así no te persiguen durante mucho tiempo, porque tienen uno o dos cachorros más que proteger.
-Los criamos, educamos y fortalecemos.- Urri acarició a su mascota.- Solemos decir que escogemos uno pero con frecuencia son ellos los que nos escogen y te persiguen día y noche.
-No te deja comer, ni dormir, ni beber…- Añadió Aasiyah.- Intenta dominarte hasta tal punto que te agota.
-Hasta que no llegas a un entendimiento y formas uno, no es tuyo. Los Mayores no te lo conceden hasta que no has robado otro cachorro que ocupe su lugar en la camada permanente que recorre nuestras calles.- Intu apareció con un puñado de setas.
-Tardé dos años en entenderme con esta bestia.- Shao lanzó un trozo de carne seca a su Qqattar que desapareció por las rocas.
-Estuviste insufrible ese tiempo.- Se rió Aasiyah.
-No todos podemos entendernos tan fácilmente como vosotros dos. En una estación fuisteis uña y carne.- La acusó Kondra.
-Creí que Anker y Uklia enloquecerían cuando te vieron montar por las paredes subida en Storm. Tu abuela te dejó el trasero ardiendo.- Tsik se compadeció al alejarse para cazar.- En cuanto vieron que no te detendrías, Anker insistió en entrenarnos a nosotros.
-¿Eso significa que no todos trepáis por las paredes como las acromántulas? –Preguntó Gottri.
-Desde que empezamos nosotros los más jóvenes han empezado a imitarnos.- Kondra cavaba un hoyo para cocinar la carne.
-Sólo algunos lo consiguen.- Aseguró Aasiyah.- No es tan fácil como se creen.
-Imagino que requiere mucho entrenamiento, tanto del jinete como del Qqattar.- Dijo Adler.
-Tras los entrenamientos acabas con los músculos engarrotados. Eres incapaz de andar o moverte.- Se lamentó Urri.
-Anker no da tregua.
-Superas ese sufrimiento con otro entrenamiento aún más duro.
-Parecéis mujercitas.- Rezongó Aasiyah.- ¿A qué viene tanto gimoteo? ¿Sois los mejores jinetes del clan Yukey o no?
-Sin lugar a dudas.- Confirmó Tsik llegando al claro con tres conejos regordetes.
-Somos los últimos seis jinetes de las alturas.- Se enorgulleció Shao. Su felino traía en las fauces un cervatillo. Sobre su lomo yacía su madre.
-Estupendo.- Aasiyah palmeó al animal.- Comeremos hasta saciarnos.
-¿Siempre entregan su caza?- Adler se sorprendió cuando el felino entregó su presa.
-Sí, de esa manera se evita que se asalvajen.- Shao le tendió su hacha cuando Aasiyah cogió el cervatillo y lo despedazó en seis trozos iguales.
Los caballeros miraron en silencio como cada Qqattar comía de la mano de su jinete.
-Es lo primero que les enseñamos. Si quieren comer, es de nuestra mano, sin nervios, miedo o ansia.- Adler asintió a sus palabras.
-¿Cualquier cosa que le deis?
-En principio sí, ya sea cocinado o crudo. A Storm, le vuelven loco las naranjas moteadas del Valle de Om.- Aasiyah le estiró de los bigotes hasta el animal se quejó.- Cada uno tiene sus predilecciones pero comen lo mismo que sus jinetes.
-¿Por qué?- Inquirió Adler.
-Por el mismo motivo que tú y tus caballeros brindáis de tal manera que vuestras bebidas se mezclan.- Contestó sin mirarlo.
-En caso de envenenamiento, el daño es menor…
-O morimos juntos.- Aasiyah sonrió con tristeza.
Tanik apareció en el claro, llevaba la desgarrada camisa manchada de sangre pese al esfuerzo inútil de lavarla en el rio. Antes de controlar su instinto lobuno había disfrutado de un buen festín.
Conseguía controlarse. Eso era lo importante, se recordó.
Waldemer apareció tras él.
-No hacía falta que te comieras toda la madriguera, monstruo.
-Si prefieres que le hinque el diente a tu caballo, sólo dilo.- Respondió Tanik sentándose cerca de la hoguera y entregando sus conejos a Kondra.- ¿Podrás preparármelos una vez comáis?
-¿Intentarás comerte a mi Waiton?
-¿Y qué la Loba de los Yukey se haga un abrigo conmigo? No, gracias.

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