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Tormento y locura 11º parte

Los medios jamás creyeron mis motivos para no renunciar a esa herencia. No fue por avaricia sino por miedo. Nadie sabía el paradero o la identidad de mi marido. Drogada o no, era consciente que si mi marido me encontraba tras renunciar a lo que consideraba suyo, lo que había padecido hasta ahora, era un juego de niños.

Por las noches las pesadillas me atormentaban tanto que tuvieron que subirme la dosis de somníferos.

Cuando dos médicos y dos enfermeras se acercaron con caras solemnes, supe que algo iba mal. Ese maldito, me iba a matar aunque no fuera con sus manos.

Fue peor de lo que pensaba. Iba a ser madre.

La noticia fue una bomba. No me sentó muy bien. Mi locura interior estalló cuando me explicaron que podría ser la última vez que estuviera embarazada. Como sospechaba las palizas continuas me habían provocado varios abortos espontáneos. Mi matriz estaba tan débil y fina como el papel de fumar. Corría el peligro de tener que extirpármela.

Vale, no me lo tomé de la mejor de las maneras. Decir que tuve un ataque de histeria es poco, me volví loca. No quería que creciera dentro de mí el hijo de ese monstruo, por inocente que fuera de su crueldad. No soportaba la idea de que estuviera en mi interior.

Así fue como me encontró mi padre.

Mi madre venia tras él, con los ojos llorosos, asustados. Con un bonito ojo negro, medio oculto tras una buena capa de maquillaje.

¿Si sentí miedo al verlo?

La verdad es que no, solo era un espectro de mi pasado. Una sombra lejana que no parecía formar parte de la nada. Su dura mano y su cinturón inflexible eran suaves caricias en mi mente. Dos años en las profundidades del averno era tiempo suficiente para hacerme ver el pasado de otra manera.

No me asustó el odio de sus ojos, ni su aspecto envejecido, al contrario. Me enfureció ver el estado enfermizo de mi madre. Aun me sorprende la rapidez con la que capté lo que sucedía, a pesar de la gran cantidad de calmantes que corrían por mi sangre. El terror a ser encontrada me mantenía muy lucida, tanto como para saber la escena que mi padre había escrito para mí.

Pretendía chillarme, humillarme y golpearme para recordarme quien mandaba, enseñarme cuál era mi lugar. Lo dejé amenazarme, insultarme, azuzándolo con mi silencio. No fue algo que hiciera a conciencia, llevaba mucho tiempo viviendo así, en el más absoluto silencio. Mi padre perdió los nervios, como siempre sucedía y las enfermeras no tardaron en aparecer. Los de seguridad lo sacaron a empujones del hospital.

Durante horas pude escuchar el cuchicheo del personal compadeciéndose de mí. En su amplio repertorio de insultos se incluía lo mala hija que era o lo desagradecida, sin olvidarse de sus malos augurios culpándome por lo sucedido. Creo recordar que también llegó a decir que me lo merecía por escapar de un buen hogar.

Intentó llegar hasta mi cuatro o cinco veces, dos lo consiguió. En la primera, me arrancó el gotero; en la otra, aparte de un par de puñetazos y un diento roto, no consiguió ni una lágrima por mi parte.

¿Esa era el único dolor que podía infringirme? ¡Eran suaves caricias!

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